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“Nosotros no nos mataremos con pistolas”, per Víctor Sánchez

Principiaba un invierno

El invierno del 2009-2010 fue uno de los más fríos de Barcelona de los últimos tiempos. Bueno, esta información es de poco valor porque cada año se dice algo parecido, sino del invierno, sí del verano. Pero ese año hacía un frío de cagarse y yo estaba ensayando mi trabajo final de carrera, Platònov de Chéjov. El frío nos iba bien: vodka, matrioskas y katiuskas para tanto charco sucio del Poble Sec.

Nosotros no nos mataremos con pistolas

Nosotros no nos mataremos con pistolas , de Víctor Sánchez

Entonces, principiaba el invierno y una mañana prenavideña, antes de partir hacia mi ensayo, sonó el teléfono. Era mi amiga Vio. Clara, mi amiga, al fin lo había conseguido.

Yo no sabía qué hacer después de la llamada, así que me fui a ensayar. En algún momento pensé que seguir trabajando en vez de llorar era algo ciertamente cruel.

Pero yo creo que en esa ocasión, como en muchas otras, el teatro me salvó. Mató lo que me estaba matando.  O al menos fue un paliativo. No sé llorar a mis muertos así, de repente. Lo voy haciendo con la lentitud de un torpe, qué se le va a hacer.

La imagen

Otro invierno. 2011. Biblioteca Nacional de Catalunya. Bloqueo creativo. Escuchaba música para ver si salía del puñetero atolladero. Pero nada. Cada canción que escuchaba me llevaba a otro paisaje diferente, a otra historia, contexto, atmósfera, personajes… y así puedo seguir por cada elemento dramatúrgico, aristotélico o no, útil o no, contemporáneo o no.

Y dentro de esa lista aleatoria y desordenada suena, de repente, La Llorona, de Beirut. Una canción que parece una procesión mexicana que, a su vez, se parece a una procesión valenciana o eso me pareció a mí. Y esta vez, la imagen que se me impone con tanta trompeta es una bien cercana: una reunión veraniega de amigos que, por azar, coincide con la festividad de la Virgen del Carmen. Una reunión de amigos en la que se habla todo el tiempo de banalidades, de recuerdos, de anécdotas gastadas (de cuando se compraban porretes con un talego, de cuando iban al contrabandista a comprar alcohol porque no tenían la edad, de aquella película, de una guerra de globos de agua con quince, placeres y pecados de cualquier chavalada de clase media medianamente feliz). Nadie se arriesga a cortar esa tónica evocadora mientras las otras tónicas se mezclan con el gin. Prefieren sonreír. De pronto, la procesión pasa por debajo de la casa y una de ellos llora de manera inconsolable. No es católica, más bien es atea, pero esa música, no lo puede evitar, le sirve para llorar por ella, por el tiempo pasado, por los sueños gastados o por los amores perdidos. No lo sé, la verdad.

Escribí ese punto de partida y lo guardé en la carpeta de Futuros Proyectos. Acabé la otra obra. Nunca se puso en pie.

Gestando

Nosotros no nos mataremos con pistolas , de Vïctor Sánchez

Me llaman del Teatre Lliure para ofrecerme un Assaig Obert, una feliz iniciativa realizada conjuntamente con el Institut del Teatre que ofreció durante un b
uen puñado de años una ventana al mundo profesional a directores y dramaturgos recién licenciados. La iniciativa daba la oportunidad de realizar una obra a partir de una de las producciones que ellos tenían en cartel, utilizando su escenografía, y representándose durante dos viernes en uno de los dos centros del mítico teatro barcelonés.

A mí me tocó Hedda Gabler.

Tuve dos meses para pensar qué iba a hacer. Qué quería tratar. ¿Qué teníamos en común la Hedda y yo? Bueno, Hedda tenía un miedo enorme a la mediocridad (yo) y se acababa suicidando (mi amiga). Pero debía continuar urdiendo.

Era verano y aprovechaba para urdir el proyecto mientras paseaba por la playa del Puerto de Sagunto. Había vuelto a mi pueblo como cada verano. Como cada verano, me preguntaba sobre si era sano volver. Toda la gente a mi alrededor, mis amigos a los que en otro tiempo envidié porque, gracias a sus trabajos, tenían acceso a un tipo de vida que yo no podía ni atisbar, empezaban a perder sus empleos. Tan solo hacía dos meses había “estallado” el 15 M. En tan solo dos meses, aquello se parecía más a una rave floreada que a ninguna primavera fértil. Pero las lecturas para entender qué estaba ocurriendo iban que volaban. Bueno, tampoco tanto, pero comenzó cierta curiosidad fruto de la preocupación. Parecía que mi generación comenzaba a pensarse como sujeto político. Ahora, que lo veo con un poco de perspectiva, creo que fue el momento en el que comenzamos a ser conscientes de que teníamos que empoderarnos de alguna manera. Pero hablar de poder para una generación que creció con una marcada abulia, con una alergia notable al poder y con una nostalgia enfermiza de otras décadas, no es algo que se consiga de la noche a la mañana.

En esos paseos, que tan gastado me tienen que tanto gasté, eché la vista atrás unos años y vi  tantas reuniones, tantas toallas estiradas en la arena, los cigarrillos apurados en lentas conversaciones y todas aquellas tardes de música tratando de encontrarnos a golpe de la Velvet, The Smiths o de tanto grupo del pasado convertido en icono. Recordé a Clara, claro. Recordé su suicidio en los albores de la crisis, como diciéndonos: ahí os apañáis.

No creo que mi amiga fuera una persona extraordinariamente sensible, una joven Werther del ahora o una noble samurái. Tendemos a idealizar a los que nos dejan aquí, a mitad de la faena, a pensarlos santos. Mi amiga tenía sus ruindades y sus cualidades. También sus contradicciones: no encajaba en el mundo y, sin embargo, era más el mundo que nadie. Creo que nunca he conocido a alguien capaz de recibir tan bien todas las puñaladas que nos intenta infringir la sociedad (tenía miedo de estar gorda, tenía miedo de estar sola, no creía en el esfuerzo y valoraba por encima de todo la idea romántica el talento innato) y a su vez ser tan consciente de toda la manipulación.

La verdad es que nunca supe por qué se mató, más allá de que se diera cuenta de que no podía desandar lo andado, aprender a vivir de otra manera. La respuesta (o el consuelo) de la gente que ocupamos alguna vez aquello que llamamos “su alrededor” era “que estaba malita”. Y yo veía que esa frase actuaba como un bálsamo, como punto y final de tanta discusión profunda que intentase desentrañar el motivo. No era una tarea agradable, desde luego, pero creo que mis amigos y yo, hijos de nuestra generación, dimos carpetazo rápido al asunto, azotados por un Carpe Diem que a veces resulta, como mínimo, vacuo. Fue entonces que cayó en mis manos el éxito de la sociología mainstream Vida liquida de Bauman. Y creo que empecé a entender a mi amiga, su trastorno de personalidad, su deseo errante, su mal de vivre. Si la construcción de una personalidad tiene más que ver con los medios de producción y los hábitos de consumo de lo que estamos dispuestos a aceptar, entonces, un trastorno de personalidad no es un hongo que brote, sin lluvia, de nuestro interior o en el seno de nuestro ADN familiar.

Y bueno, es en otro de esos paseos que hago desde el pantalán al Espigón de Ciudad Mar que recuerdo aquella situación dramática que imaginé hacía unos meses, la reunión de amigos que no saben qué decirse hasta que una llora cuando escucha la música de una procesión pasar y la brisa del mar mece al benjamín del salón y hace bailar las cortinas blancas. Una situación que se parecía más a un haiku, por lo situacional, que a un embrión preñado de posibilidades dramáticas.

¿Qué tiene que ver la muerte abrupta de mi amiga con esa reunión de amigos y con todo ese fracaso generacional latente a mi alrededor?
Y, entonces, empecé la hibridación de todo lo que latía en mi cabeza durante esos paseos.
Y a partir de un Ibsen me acerqué a Chéjov.

Nosotros en Barcelona

Entramos la primera mañana de ensayo al Lliure de Montjuïc y nos hicimos una foto. Dejando a un lado el acto provinciano, creo que todos éramos consciente de la suerte que teníamos, más allá de nuestras personales mitomanías. Cada día nos llevábamos botellas de agua gratis de la sala de ensayo para casa. Total, las pagábamos todos con nuestros impuestos, nos decíamos descojonados de risa y felices de poder ensayar en tan buenas condiciones una obra.
En tan buenas condiciones una obra…

El período de ensayos fue bien. Obviamente surgieron problemas pero eso siempre son secretos que se debe de quedar en la sala de ensayos. Los actores hicieron un gran trabajo para poder entender unas relaciones sociales, un ambiente y unas costumbres que les eran cercanas pero no propias. Y es que, a pesar de intentar neutralizar la topografía en el texto, la valencianidad latía y se colaba en cada réplica. Els destarifos dels personatges, la coentor de la processó, el desfici de l’estiu quedaven coixos.

Creo que entonces pensé: ¿si tienes tan claro que no hay mayor universalidad que algo particular, por qué te lo pones tan difícil? Difícil porque los actores eran muy buenos, muy profesionales, muy inteligentes, pero creo que para defender este texto era preciso haber vivido en nuestro país.

Un amigo me dijo tiempo después del estreno: “Tu obra estaba bien, pero los actores catalanes son demasiado correctos”. Quizás tuviera razón pero la verdad es que yo estaba encantado con el trabajo que hicimos.

Pero creo que el fracaso, en lo artístico, de entonces radicó en que hicimos un montaje demasiado profesional, demasiado limpio, demasiado ajustado, pero quizás sin toda la vida que podía tener. Nos jugábamos mucho: estábamos en el Lliure, empezaba una crisis que nos tenía con los cojones de corbata, todos queríamos trabajar, en fin… Justificaciones, que no arrepentimientos. El hecho de que para mí, un joven de 26 años entonces, fuera tan importante (casi más importante diría yo) la plaza donde se actuaba que aquello que estábamos haciendo decía mucho de mi educación, de cómo me había formado, sobre qué valores. Y es en el apelativo joven donde mi reflexión tiene algo de valor: se supone que aún debería quedarnos algo de idealismo en nuestras venas cuando todavía no nos acercábamos peligrosamente a la treintena. Pero creo que la mayoría de mis compañeros, independientemente de nuestras estéticas personales, habrían sentido algo semejante. O quizás solo fuera yo el enfermo. A estas alturas me da igual.

Retomando el fracaso en lo artístico de entonces, creo que esa rigurosidad en el trabajo de puesta en escena e interpretativo no nos dejó penetrar en la médula de aquello que contábamos: joder, estamos perdidos como generación, a la deriva, con un sentimiento de desmoronamiento colectivo que nos rebasa, viviendo los tiempos del posidealismo cuya otra cara de la moneda es un spleen lleno de miedo al futuro y de una pose de dolor aburrido que ya no mitiga ni el ajenjo ni el vino, que estamos sin respuestas, coño, y sin ganas de contestar.

Creo que entonces conseguimos un trabajo sobre la atmósfera muy potente, unas grandes interpretaciones y una puesta en escena con dos o tres momentos que nos fueron reseñados por compañeros más experimentados y consagrados. Pero nadie incidió sobre lo ético. Nadie. Y la responsabilidad era totalmente mía.

La obra consiguió llenarse en sus dos representaciones. Conseguimos que nos programasen mes y medio en la temporada siguiente en la Sala Muntaner, así que para mí era un peldaño más en esa escalera que no subía a ninguna parte.

Pero la reposición no se llegó a hacer.
Dejé Barcelona.
Volví a Valencia.
Me hice las Américas.

Nosotros en Valencia

Que Nosotros… se montara en Valencia tiene gran parte de culpa Silvia Valero. A pesar de que yo había dejado Barcelona (en la que viví 8 años) y había vuelto a este nuestro Levante feliz, andaba a la caza de una nueva excusa para largarme. Pero la excusa la buscaba, la encontraba, la pedía, pero no llegaba. Lo que sí que llegaba, en cambio, era Silvia pidiéndome un texto para un miniteatro en el Rialto. Y mientras me llegaba la excusa para partir de nuevo, empezamos a ensayar. Ya no vestiré más el rojo en la España azul y comenzó una bonita historia de trabajo y admiración mutua.

Nosotros se tenía que montar en Santiago de Chile, adaptada obviamente a la realidad de allá, pero el proyecto cayó. Yo había estado trabajando mucho en su reescritura y me sentí muy decepcionado, no por las horas echadas en ella, sino porque me había ilusionado de nuevo con el universo de la obra. Así que entre lamentaciones, ensayos y cafeterías quedé en pasarle el texto a la Valero, ella se lo leyó y bueno, el resto, en realidad, vino bastante rodado. Con mucho trabajo y esfuerzo, pero eso siempre se debería dar por sentado.

Es extraño enfrentarse al remontaje de una obra. Por una parte, sientes una energía, parecida al fuego, que te dice que siempre hay que ir hacia delante y que estás perdiendo el tiempo volviendo a una costa que ya visitaste; por otra, el ejercicio te invita a revisar y pasar factura de lo que hiciste en el pasado, ser consciente de los errores que cometiste, de todo lo que no sabías, y también de lo aprendido. Supongo que, como en los viajes, el placer de conocer algo nuevo solo es comparable con la alegría de volver a aquellas tierras donde nos sonrió el placer. Aunque, a veces, volver a donde uno fue feliz puede acabar en puñalada, esta vez resultamos airosos.Nosotros no nos mataremos co pistolas

En esta nueva versión, el texto duraba una hora más y el concepto de puesta en escena varió sutilmente, pero de forma sustancial. En el Lliure, la puesta estuvo muy condicionada por la escenografía que nos tocaba heredar del montaje de la Hedda Gabler, que era radicalmente naturalista aunque actualizando, en concordancia con la dramaturgia que se había realizado con el clásico, el interior doméstico burgués de finales del XIX por un loft blanco y frío, construcción en la que parece espejarse en la actualidad nuestra burguesía. En esta ocasión, con ayuda de Teresa y Jennifer, ideamos un espacio que representara, y no mimetizara, el interior de una casa valenciana de pueblo. La representación siempre permite la poesía, la mímesis sólo el virtuosismo técnico. Y ahí radicaba el concepto que orquestó la puesta en escena: mostrar el espectáculo, la representación y explotar toda la teatralidad de un texto en apariencia realista. Las luces de Ximo Rojo acabaron conjugando una atmósfera que trascendía las horas del día intentando mostrar un matiz psicológico en cada acto.

Pero el gran acierto de este nuevo montaje, según mi prisma, ha sido la apuesta por poner el acento en la parte humanista e ideológica del texto, sabiendo conjugar y fundir las premisas estéticas y las éticas, haciendo un trabajo preocupado por el presente y con inquietud por el futuro. Y esto es así gracias a un grupo de actores que comprenden que el rigor en su oficio no se limita a la profesionalidad y al virtuosismo, tiene que ver también con otra cosa. Laura, Bruno, Román, Lara y Silvia no entienden su trabajo sin un compromiso. Ahí el entendimiento ha sido mutuo y creo que ha sido el timón al que nos hemos agarrado para ir sorteando los escollos y los cantos de sirena que nos hemos encontrado a lo largo del periodo de ensayos. No acabaré de estarles agradecido por poner todas sus fuerzas por contar esta historia y haberla convertido en un trozo de este mundo.

No-Final

No podíamos imaginar mejor no-final para nuestra obra.

Más allá de las buenas críticas y de los cálidos comentarios de los compañeros de profesión, que son siempre más que bienvenidos, creo que lo que más nos motiva función tras función es ver caras desconocidas en el público, espectadores de teatro curtidos, neófitos o simplemente casuales. Comprobar que hemos sido capaces de traspasar cierta frontera invisible y poder llegar, a base de esfuerzos, del boca oreja y de dar el coñazo en redes sociales, a cierto margen de la ciudadanía.

A una de las primeras funciones que hicimos vino Jorge García, un compañero de clase de la Primaria. Venía a ver la obra con su novia y una amiga porque le habían hablado muy bien y se animaron a pasar el domingo viéndonos. Él no sabía que la obra la había escrito y dirigido yo. De hecho, se le había olvidado que yo me dedicaba a esto. A mí, por mi parte, se me había olvidado que él era primo de mi amiga Clara y lo recordé en mitad de la función. Tenía pánico por saber qué le parecería mi particular homenaje. Cuando acabó la función lo busqué y ya no estaba.

Al día siguiente me buscó y me habló por Facebook. Todo correcto. Todo en orden. Todo fue bien.

Ahora, en este día que anuncia primavera en el que acabo estas líneas, después de un puñado de años y de trabajo, creo que escribí la obra porque se daba una extraña conexión en mí que me hablaba de una invisible ligazón entre el  suicidio de mi amiga y la crisis por la que atraviesa nuestra generación. Un paralelismo al que todavía no sé poner todas las palabras adecuadas. Ése es el misterio, la pregunta que dicen todos los manuales que una obra de teatro debe tener, por el que me lancé a escribir. Y no sé si la logré discernir, formularla, darle el cuerpo lógico de una oración. Creo que continúa siendo algo mistérico y quizás, por ello, teatral.

El teatro tendría que tener una pata siempre puesta en ese lugar donde las palabras no alcanzan. O no. Yo qué sé. No quiero decir qué debería ser el teatro. Es una promesa que me hice una vez. Porque en realidad el teatro no tendría que ser nada para poder serlo todo. Habitar una frontera de libertad, un no man’s land en el corazón del mundo desde donde poder invocar a los muertos del pasado y a los muertos que vendrán, conjurar utopías, lavarle la cara a las banderas, prender fuego al amor, preñar de luces al futuro en compañía de otros muchos pocos. Ale, ya me he traicionado otra vez.

Gracias a todos los que han estado en las pistolas alguna vez, en Barcelona, en Londres y ahora aquí, en Valencia. Y a todos los que ya la han visto en cualquiera de las tres lenguas en las que se ha representado.

Gracias a todos esos muchos pocos.