Posted on

LLopis. Ser alguien, per Xavo Giménez

11121323_10205903318014582_525183689_nYo busco por internet mapas del tesoro. Recorro el Google Earth en busca de algo que nadie haya visto. Yo me siento más autor, más creador, rotando el planeta con un click de ratón, entrando en zonas pixeladas, o infiltrándose en fronteras conflictivas sentado en mi silla de Ikea. Esa es mi misión como palabrista. La de buscar pepitas en crudo y darles brillo. La de picar piedra bajo un sol de justicia. Aunque sea bajo los rayos achicharradores de un flexo. En este proceso “llopisiano” me he encontrado con canteras y canteras de falsas pepitas. Una de las cosas que más me han enseñado estos años leyendo teatro y sobre todo escuchando a compañeros autores, directores y espectadores es la obligación de soltar lastre en el proceso creativo para levantar vuelo. Abandonar ocurrencias y racionar el pan. Soy un minero compulsivo o un pescador de red chica donde todo va a la saca y en Llopis se puede observar que el puzzle que compone la historia es amplio aunque la historia sea la de siempre. Tal vez por esa misma no-singularidad de la historia de este pobre tipo que es Llopis uno debe, yo lo he sentido así, dotar de excentricidades lo vulgar, de rarezas las simplezas y de extraordinario lo cotidiano. No sé si lo he conseguido. Poco me importa. Otra de las claves de mi aprendizaje es la de que no me importe poco o nada el resto del mundo. Como Llopis, he construido a la par del texto una cápsula encerada para contemplar el mundo a mi antojo. Comodiría Llopis, “una escotilla para contemplar el universo”.

Con esto digo que el creador, en este caso el autor, no debe atender a razones externas, a análisis cargados de “pero”ismos, a debate, a consejos de tortugas, al intelecto censor. El autor debe buscar el mejor paredón y la mejor venda. El mejor revólver y la mejor nuca. La vida dura dos días y las reuniones duran tres.

Marte

Llopis
Llopis, de Xavo Giménez

Yo me he alistado para viajar a Marte. Es cierto. Mars One. Vivo obsesionado con encontrar vida, inteligente si puede ser, en otro planeta. Sigo los foros del más allá. Pienso maneras de esquivar el anillo de asteroides que hay antes de Saturno. Buceo por la web de la Nasa de vez en cuando. Miro puestas de sol en Venus. Mars One es una expedición planificada para mediados de 2020 donde un grupo de chiflados multimillonarios y unas cuantas cadenas de televisión han decidido llegar a Marte para establecer allí a, en principio, cuatro colonos. Y se abrió un plazo de inscripción a todo el que deseara formar parte de la tripulación. Me anoté. Y eso me dio la posibilidad de conocer a otros participantes de la nueva colonización del planeta rojo.

http://www.mars-one.com/

Es un viaje sin retorno. Vas y te quedas. Para siempre. No hay billete de vuelta. ¿Quién desea abandonar para siempre este planeta, este mundo? ¿Cuatro científicos locos o toda la humanidad? Esta frontera entre la ciencia-ficción que no ficción y el mundo de aceras y carriles bici desconchados me parecía una buena lanzadera para mi texto. Alguien que piensa que en este mundo está de paso.

Mississippi

Yo vi Cocktail y quise ser camarero. Vi Top Gun y quise ser piloto. Vi El nombre de la rosa y quise follarme a la campesina sucia.  Esa obsesión en ser otro, ser de otro mundo, nacer otra vez es una constante en Llopis. Un hombre que sueña con ser alguien. Nuestras raíces, al menos las mías, parecen aferrarse a la cultura del cine, de la televisión y de la mentira a medida. Yo tengo amigos de pueblo, de pueblo pequeño (reivindican algunos). Tengo amigos que tocan la dolçaina y que saben canciones populares que sus padres cantaban. Otros que llevan el flamenco en sus venas y les bulle el duende hasta haciendo tostadas por la mañana. Yo veo tradición arraigada a una tierra, aunque a veces (muchas) la veo de pega. Hay necesidad de formar parte de algo. Pónganme una bandera, una gama de colores diferente a aquella trinchera que se ve tras la bruma y denme algún himno de letra fácil. Yo soy de Daoiz y Velarde. Una calle atravesada por la calle Yecla. Mi pasado es la Pirámide Musical de Nuevo Centro y la construcción del carril bici de Blasco Ibáñez. Mis raíces son las de los setos de Avenida Aragón. Mi arraigo está en mi balcón. Y es el universo gringo el que diseña los horizontes de ciclorama como nadie. Al menos para Llopis. Este llanero solitario de Cardenal Benlloch. Llopis es una pregunta detrás de otra. No hay respuesta. Yo pregunto. Mississippi o Massanassa. Por eso la trama transcurre en un parking frente a una hamburguesería americana, Planet Burguer, y frente a un Ikea. Dos elementos ajenos, casi alienígenas pero que ya son parte de nuestro menú completo.

11212421_10205903317854578_488613253_n

Vi Cocktail y quise ser camarero.

Vi Top Gun y quise ser piloto.

Vi Alcatraz y me quise fugar.

Vi La fábrica de chocolate, la antigua, la del rubio y quería abrir una chocolatina y que el reflejo dorado del envoltorio me devolviera la ilusión.

Vi Star Wars y quise ser ewok.

Vi Star Trek y quise ser ewok.

Vi ET y quise ser Elliot.

Vi El nombre de la rosa y quise follar a la campesina sucia.

He visto cosas que no creerías.

Petunias

Mi abuelo Miguel tenía campos de flores. Muchos abuelos tenían campos en esta sociedad que olía a flores y ahora huele a incienso. Huele a cosas que huelen a cosas.  Ahora en esos campos hay otra cosa. Puede que una hamburguesería con cuadros y con fotos de campos de petunias. Nuestro paisaje es un salvapantallas. Nuestros sueños se miden por megas de banda ancha. Esa herencia familiar de amor por la tierra y por el arte floral se ha mantenido en mi, sin ser practicante, por lo menos en la memoria.

Hombre lobo

Llopis viene del latín lupus o lupo. No sé muy bien. Es un apellido de antiguos guerreros sanguinarios y valerosos. El mito del hombre lobo viene de la mutación que genera la luna llena en el ser humano. Se dice que retira las encías y se fortalece el bello. Poco más. La literatura y las leyendas han hecho el resto. Valencia tiene una buena luna. A la luna de Valencia. Esto me lleva a otra semilla de la obra. Un hombre lobo en Valencia estaría bien a gusto. Aquí hay buena luna y mucho cordero suelto. Hay sed de venganza y hay sangre, de horchata.

Estos cuatro elementos dispares entre sí conforman el texto de Llopis. Más allá. USA. Campos. Hombre Lobo. Soy de abrir la nevera y hacer la cena con lo que venga. Y con la escritura me pasa lo mismo. Hay algo de puzzle defectuoso en los inicios. De imágenes, si no opuestas sí lejanas, que van ligando con el tiempo. Llopis, el amigo del mundo, me salvó del caos. Un tipo que al no ser nada lo es todo. La obra transcurre en un pensamiento. Llopis llega en su coche a un parking y antes de abrir la puerta del coche para ir adonde va, piensa. Le da una vuelta a su cabeza llena de vueltas.

“Llopis ha pasado penurias. No muy resaltables. Suficientes. Como para decir basta. Dos pelos para una cabeza no son nada pero si los encuentras en el café con leche el mundo se colapsa. Ha trabajado mucho, Llopis. Ha cotizado mucho, Llopis. Ahora tiene una espalda quebrada de tanto mirar al suelo. Llopis tiene una extraña relación con sus zapatos. No puede dejar de mirarlos. Los acompaña allá donde van. Se deja llevar. Llopis parece un vagabundo a control remoto. La gente vive en un surco. Un surco que se convierte en una zanja. Una zanja que se convierte en una trinchera. Una trinchera que se convierte en una fosa. Una fosa que se convierte en un jardín”.

Llopis

 

Deixa un comentari